Consejero Cristóbal Undurraga:  “CULTURA CTI es un modelo que puede ser replicable en cualquier espacio de política pública”

El Mostrador, sábado 31 de marzo

“Cultura CTI” muestra cómo desde el Consejo Nacional de Innovación para el Desarrollo se pueden detectar tendencias, ofrecer vías de corrección y ejecutar, junto al Estado y los privados, un piloto que se valida como política pública.

¿ES POSIBLE INNOVAR EN LO PÚBLICO? EL CASO EXITOSO DE CULTURA CTI

(o cómo los científicos llegaron a las aulas para quedarse)

Si Cultura CTI fuera una película, éste sería el momento de los créditos en que todos los que fuimos parte del proceso nos abrazaríamos, llorando.

Antes habríamos visto la escena de una niña que en una escuela rural de Los Ríos abraza a su profesor de 8vo y le dice: ““Todas las semanas nos tocan ciencias naturales, biología, física, pero es muy estructurado todo… leer, leer, leer… y contestar las guías. En cambio acá podemos hacer el experimento y entender mucho mejor todo. ¡Gracias profe!”.

Un director en Coquimbo hablaría de cuánto soñó con un taller de robótica y diría que es algo que jamás pensó que podría hacerse realidad en su escuela rural.

Un investigador de Valdivia pediría la palabra para disculparse públicamente con los profesores por haber despreciado por años su oficio y, recién ahora, entender el valor de lo que hacen y las dificultades que viven a diario.

Esta película imaginaria llamada “Cultura CTI”  surgió en 2016 desde un grupo de trabajo que fue llamado por la Presidencia de la República a proponer un programa que avanzara hacia una cultura de innovación desde las escuelas y despertara la curiosidad científica. Era necesario hacerlo por muchas razones. Entre otras, porque el desarrollo científico en el aula potencia las competencias de futuro más valoradas en los sistemas educativos que admiramos: la creatividad, el pensamiento crítico, el trabajo en equipo y la flexibilidad cognitiva, entre otros.

Por más de 6 meses, como parte de la Comisión de Ciencias para el Desarrollo convocada por el Consejo Nacional de Innovación para el Desarrollo (CNID), un puñado de personas nos convencimos de que teníamos una enorme riqueza en nuestros museos, parques, sitios arqueológicos, centros de I+D… que podíamos rescatar desde las ciencias y la tecnología, y propusimos un proyecto piloto para llevar esa riqueza a las escuelas de Chile.

La propuesta se hizo medida presidencial y nos dio el espacio de pilotear en 12 escuelas de Los Ríos y de la RM en 2016. El valor de ello no era sólo lograr permiso para buscar hasta encontrar la mejor forma de llevar la ciencia a las aulas –factor clave de la innovación: ensayo y error- sino de construir lo que podría ser un caso de estudio de innovación pública y que hoy nos enorgullece.

¿Qué lo transforma en eso? Son varios los elementos.

-Que la propuesta no surgió de un grupo de expertos en el clásico formato “up-down”, sino de un grupo diverso de actores provenientes del mundo de las ciencias, la educación y el sector público. Los propios actores opinaron, discutieron, tuvieron la oportunidad de exponer sus vivencias del tema, oír las otras y proponer algo en conjunto.

-Porque generó un sistema que, en lugar de decidir por el profesor, imponerle una fórmula o entregarle una manera de responder a sus demandas, crea una plataforma para que cada iniciativa sea pertinente a su realidad.

-La propuesta tomó riesgos: uno de ellos fue el de crear las condiciones para que científicos y profesores se hicieran socios en una dinámica no jerarquizada sino “de tú a tú”, generando un piloto como punto de partida para explorar, aprender y luego escalar.

-Que no era una solución importada de otras latitudes sino una diseñada progresivamente para las características propias de nuestras escuelas.

-Que el programa fue corrigiéndose en el tiempo. Un buen ejemplo fue darnos cuenta de que los profesores y los divulgadores científicos debían trabajar una cantidad de horas en conjunto, adaptando cada proyecto a implementar.

¿Qué surgió de allí? Una plataforma de encuentro online entre los divulgadores científicos y las escuelas (www.culturacti.cl). Allí, el mundo de la investigación ponía a disposición de los colegios y liceos del piloto diversas ofertas que estuviesen disponibles desde el mundo de las ciencias para ser llevadas al aula. Pero dos cosas eran clave: Primero, las escuelas elegían. Segundo, las propuestas debían ser adaptadas en un trabajo conjunto del investigador y el maestro.

Así, el sector público se ponía al servicio de los verdaderos protagonistas de esa realidad, dejándoles el espacio de decisión a ellos, y permitiendo que cada alianza se ajustara a la realidad de su espacio local.

Cuando hicimos el primer llamado a postular, quienes trabajan en divulgación y valoración de las ciencias creían que se trataba de una cámara indiscreta. “El Estado no compra así”, nos decían. Y es cierto: la mayor parte de los programas públicos se decide desde unos pocos “expertos” y se aplica sin acoger la diversidad y el protagonismo de quienes viven la realidad a la que se quiere aportar.

También para los colegios era difícil de creer: cuando los visitaban científicos era siempre algo aislado, con temas que poco se relacionaban con su realidad o currículum. Recibían kits de ciencias de diversas fundaciones que ni siquiera podían abrir por la carga de trabajo que enfrentaban a diario. Necesitaban ayuda, pero no de ese tipo.

Los resultados de una evaluación independiente nos dieron prueba de que la apuesta de “Cultura CTI” era acertada, pero sobre todo nos convencimos de su valor al ser testigos de los testimonios de profesores que se sintieron acompañados en el tremendo desafío de educar en estos tiempos, y de científicos que admiraron la vocación de servicio de los profesores. De niños que se fascinaron mirando su entorno con los lentes de las ciencias, cocinando con hornos solares en el taller de astrococción, construyendo comunitariamente una ecopileta, organizando una feria de neurociencia, entre tantas otras experiencias.

El 2017 el piloto creció y con Explora de Conicyt se pudo llegar a 5000 nuevos niños y niñas, en 40 escuelas, sumando a más de 25 ofertas extra. Y con ello quisimos más. ¡Y hoy tendremos más! Desde este año Cultura CTI se incorpora, formalmente, al sistema educacional como parte del proceso de implementación de los servicios locales de la Nueva Educación Pública. Primero, en los territorios de Barrancas (Región Metropolitana) y Puerto Cordillera (Región de Coquimbo). En julio se sumarán los establecimientos de Costa Araucanía y Huasco, para que progresivamente los niños de todas las escuelas de Chile puedan contar con la posibilidad de vivir la ciencia, la tecnología y la innovación como parte activa de su proceso de formación.

“Cultura CTI” muestra cómo desde el Consejo Nacional de Innovación para el Desarrollo se pueden detectar tendencias, ofrecer vías de corrección y ejecutar, junto al Estado y los privados, un piloto que se valida como política pública.

Como proyecto, les da a los niños una formación que les enseña a cuestionarse su mundo y buscar respuestas más allá de lo que saben. Crea en ellos una visión y un lenguaje global. Los empuja a trabajar en grupo, con distintas miradas; a conocer Chile desde su naturaleza y les muestra cómo el país puede ser un gran laboratorio natural. Pero sobre todo, les muestra el conocimiento como base de la libertad, entendiendo a la libertad como la capacidad de definir su propio destino.

Es esperanzador que tantas voces y manos se articulen por tanto tiempo. Por eso, los mayores agradecimientos a todos los que fueron sumándose al proceso. Pero sobre todo es esperanzador comprobar que el motor de la política pública puede ser el articular esfuerzos, que ella puede centrarse en crear y cuidar espacios de encuentro para por fin ceder el protagonismo de las decisiones a quienes viven en el día a día los problemas que pretendemos resolver. La manera de lograr el propósito original toma así las maneras diversas que amerita cada realidad particular.

Innovar en lo público, en este sentido, hace cada vez mas eco en nuestra sociedad y nos permite aprovechar el enorme talento que tenemos para crear un mejor futuro. Bravo por “Cultura CTI”, por todos quienes colaboraron, oyeron a otros y abrieron sus mentes. Pero sobre todo bravo porque es un modelo que puede ser replicable en cualquier espacio de política pública.

Cristóbal Undurraga
Consejero
Consejo Nacional de Innovación para el Desarrollo

2018-04-04T11:43:13+00:00
X